Hoy día los partidos son todos iguales; comparten las mismas ideas tecnoburocráticas “gerencialistas” y “sociales” o “progresistas”
Por Alberto Mansueti
21 febrero, 2016
Los partidos políticos son tan viejos como la humanidad: siempre los hubo, tanto de derechas como de izquierdas, en toda época y en todas partes.
Ya en la antigua Roma por ej., un rico aristócrata llamado Tiberio Sempronio Graco (164-133 a. de C.), fundó con su hermano Cayo el “partido plebeyo”, o sea de los “proletarios”. Los Gracos impulsaron la “Reforma Agraria”, un rotundo fracaso, como siempre; pero ha sido y es hasta hoy la gran bandera del socialismo: punto 1 del “Programa Mínimo” del Manifiesto Comunista de 1848.
Los Gracos eran como los Kennedy: no venían de las filas proletarias sino del patriciado, como casi todos los jefes de la izquierda. Las palabras “izquierda” y “derecha” nacieron cuando la Revolución Francesa, pero no los conceptos que designan: “izquierda” significa política utopista; y “derecha” significa política realista. Anótelo por favor. Ideologías, políticas y partidos utopistas y realistas los hubo siempre.
Lo que ahora casi no hay, y es falta muy lamentable, es democracia representativa, la sana y verdadera, completa, con sus partidos de izquierda, de derecha, y de centro (lo que sea que “centro” signifique). Hoy padecemos una “democracia” insana, patológica y hemipléjica, incompleta y falsificada, con sus partidos de izquierda, de izquierda, y de izquierda. De esa forma el sistema nos pone a escoger entre candidatos y programas todos de izquierda, más dura (bolchevique) o menos dura (menchevique); y eso es todo.
¿Cómo ha sido ese cambio para mal?
Hasta hace unos 50 o 100 años más o menos, los partidos políticos expresaban diversas corrientes de pensamiento y opinión, utopistas y realistas, dentro de la sociedad civil, en una democracia normal. Ya desde sus nombres, los partidos declaraban abierta y honestamente sus ideas y doctrinas: se llamaban socialistas, comunistas, laboristas, republicanos, demócratas, liberales, conservadores, democristianos o nacionalistas.
Y eran privados. Es decir: sus líderes y cuadros activistas, afiliados y simpatizantes, dictaban ellos mismos sus parámetros ideológicos y sus Estatutos, elegían sus autoridades y las renovaban (o no), les financiaban con su propio dinero, y seleccionaban libremente sus candidatos a cargos públicos, en modos y maneras decididas internamente por ellos mismos, sin “ley de partidos políticos”. Sin intromisión alguna del órgano electoral del Estado, que sólo fungía como árbitro en las elecciones.
| Fidel Castro votando. ¡Qué contradicción! |
Cuando en un partido surgían disputas internas, las facciones afectadas podían recurrir a los jueces ordinaries y corrientes. No se usaba tampoco tomar dinero de los contribuyentes para dar subsidios a los partidos o a los candidatos, cosa absurda. ¿Cómo los impuestos pagados por un ciudadano comunista van a financiar un partido anticomunista o viceversa? Esto es totalmente ilógico y antidemocrático.
En partidos privados, todas las decisiones eran del ciudadano; no del órgano electoral del Estado. Si a Ud. no le gustaba un partido, o su doctrina, o su manera de financiarse, o de elegir autoridades o seleccionar candidatos, pues Ud. simplemente no votaba por ese partido, no lo apoyaba con su trabajo voluntario o con su dinero, no se inscribía en ese partido, no acudía a sus eventos y reuniones. Ud. podía votar por otro, que era diferente, o afiliarse a ese otro, o contribuir con ese otro, ¿me explico?
No se satanizaban las “listas sábana” porque eran partidos ideológicos, e informaban al público que el partido socialista postulaba candidatos de esa tendencia, y el partido comunista igual, y los demás de las distintas tendencias del espectro izquierda-centro-derecha. Así se sabía de antemano lo importante: políticas de qué signo impulsarían, sin tanta perentoria necesidad de investigar minuciosamente los detalles de los curriculum vitae.
Hoy día los partidos son todos iguales; comparten las mismas ideas tecnoburocráticas “gerencialistas” y “sociales” o “progresistas”. Y no son privados: fueron secuestrados, y convertidos en apéndices o brazos del Estado, mediante las leyes (malas) de partidos, previas otras campañas de satanización, a saber:
Han satanizado el financiamiento privado, cuando lo satánico es el estatismo, o sea la potestad del Gobierno en el poder para conceder o negar favores de todo orden, los cuales van a beneficiar a los partidos oficialistas de turno, y a sus financistas, obviamente. Han satanizado también la “proliferación” de partidos, y los ya establecidos o del sistema exigen altísimo número de firmas a recoger por los emergentes; así impiden surgir a nuevos partidos que puedan desafiar el status quo.
Respecto a la vida y la democracia interna de los partidos, no permiten que sus afiliados decidan: los burócratas fijan todas las reglas, y actúan como “Súper-Comisarios”. Establecen por ej. cuotas fijas obligatorias para mujeres, y otras “minorías” (¿?), dicen para “evitar discriminación”; y así fijan más o menos subrepticiamente otros tantos parámetros ideológicos y de funcionamiento según la “política correcta”, que así se vuelve incuestionable e intocable …
Por esto los partidos adoptan nombres insulsos e insignificantes, que no informan, no son transparentes; y las campañas electorales tratan sólo de anécdotas o chismes de la vida personal de los candidatos, casi nunca hay propuestas serias, y no se discuten doctrinas ni sistemas de Gobierno.
¿Solución? Devolver los partidos políticos a los ciudadanos; a la sociedad civil. ¿Cómo? Reprivatizarlos; ¡es la única forma!
http://www.periodismosinfronteras.org/partidos-politicos-estatales-o-privados.html

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