Por Eduardo Mackenzie
5 de junio de 2014
El discurso del señor Timochenko se equivocó de
público. Es una pieza oratoria que tiene un objetivo: levantar la
moral de las maltrechas bases guerrilleras y reafirmar la versión
que las Farc han tenido siempre de ellas mismas. No es, aunque él lo
pretenda, un discurso para hacerse oír de los colombianos. Muy pocos
colombianos tomarán ese discurso del 25 de mayo de 2014 en serio o, al menos,
como un resumen razonable de lo que esa organización subversiva hizo en
Colombia todos estos años. Fuera de las filas de esa banda y de sus
propagandistas de periferia, pocos pueden creerle al jefe de las
Farc cuando afirma sin sonrojarse: “Somos gentes de paz”.
El mismo Timochenko no parece estar convencido de
eso. Por eso reitera con algo de ansiedad que las Farc son “defensoras de
la paz” y que él y sus subordinados “sueñan con la paz efectiva”, como si él
mismo hubiera constatado que el peso abrumador de los hechos y de la historia
invalidó hace tiempo todo intento de lavarle la cara a esa horripilante
organización terrorista.
No, el ejercicio de Timoleón Jiménez,
su deseo de enviar un mensaje a los colombianos –filmado
posiblemente fuera de Colombia (la escena montada para la ocasión tuvo algunas
fallas técnicas que muestran su artificialidad)–, es vano y el
espectáculo que ofrece lo que hace es traernos a la memoria una
frase de Dostoievski, quien conocía muy bien ese tipo de situaciones: “Es
difícil imaginar hasta qué punto la naturaleza humana puede ser deformada”.
Los colombianos repudian esos discursos belicosos
de Timochenko e Iván Márquez. No es sino ver lo que dicen miles de personas en
las redes sociales. Lo otro es que las peroratas de esos dos personajes
mostraron plenamente el fracaso de las negociaciones entre Santos y las Farc.
¿De qué han servido esos dos y más años de conversaciones secretas en La
Habana? De nada. ¿En que han cambiado esas conversaciones la
mentalidad y el programa sanguinario de las Farc? En nada. Timochenko y
Márquez ratificaron lo que las Farc han dicho desde los años 60: que
ellas no dejarán las armas (dicen que eso sería una “entrega humillante”), que
exigen el cambio de la doctrina y de la estructura militar colombiana, que
ellas están para derrumbar la democracia e instalar, por la fuerza y la
mentira, un régimen comunista, como si el mundo (exceptuando Cuba, Corea del
Norte y en parte China) no se hubiera desembarazado de ese cáncer desde 1991.

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